"¿Qué es un espíritu cultivado? Es el que puede mirar las cosas desde muchos puntos de vista." Henry F. Amiel

Rosa María López García

Cierra los ojos, respira hondo y deja volar tu imaginación.
Imagina un día de primavera, con un sol radiante, los colores de las flores, el verde de los árboles. Camina hacía el río, siéntate justo al lado de ese árbol, sí, ese tan alto que crea una gran sombra en sus pies, siente la brisa del aire y escucha el ruido del agua ¿se está bien verdad?

Pues ahora imagínate que eres ese gran árbol, ve hacia su tronco y cuélate dentro de él. Desde este momento eres como él, un árbol que ha comenzado su vida creciendo de una simple semilla bajo tierra, que con el tiempo ha plantado sus raíces y ha salido al exterior para vivir su vida, una vida sedentaria pero inquietante. Ese árbol que desde pequeño siempre ha soñado con llegar a lo más alto, que con el tiempo y a base de caídas su tronco se ha ido endureciendo, ya no es tan frágil como antes, ha aprendido a sobrevivir. Con esfuerzo ha ido encauzando su camino, estirando sus largas ramas, que después han dado su fruto.
Ese árbol, como todos, tiene sus días malos en los que es inundado por su propia sombra y que un pequeño soplo de aire hace que se derrumbe y se caigan todas sus hojas. Pero también tiene días buenos, de hecho la mayoría son así, en lo que sus hojas brillan más que nunca y sus ramas suben tan alto que se ven desde muy lejos.
Bueno, se acaba el tiempo, es hora de irse de este bonito lugar. Abre poco a poco los ojos, vuelve a la vida real y párate a pensar un minuto sobre este viaje.

Sin duda, somos ese tipo de árbol raro, cuya vida comienza con lo más insignificante, ese árbol que nunca para de crecer, que nunca deja de soñar.

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