"¿Qué es un espíritu cultivado? Es el que puede mirar las cosas desde muchos puntos de vista." Henry F. Amiel

Laura Cebrino Díaz

Raíces, tronco, ramas, hojas… todo esto compone lo que llamamos árbol, aunque para mí es más bien tranquilidad, aprender a respirar, ese viejo árbol que busco cuando quiero sentir el entorno natural de mi ser, para sentarme ante él y ver cómo son las cosas reales que aún perduran con el tiempo sobreviviendo, quizás, a los ataques químicos humanos.

Parece mentira que la prisa nos haya hecho creer que somos víctimas de una humanización constante, que pensemos que somos afortunados por poder llegar a tiempo a todas las citas que tenemos, a las reuniones, a recoger a los niños, ir a comprar o simplemente sacar tiempo para ir a la peluquería; sí, eso forma parte indiscutiblemente de nuestros días, nuestra vida, pero olvidamos llenar nuestro interior y a veces, incluso olvidamos que hay alguien más que puede aportar a nuestra vida una visión nueva y renovada simplemente haciéndonos cerrar los ojos y escuchar sus susurros, ese alguien tan misterioso y especial se llama árbol.

Éste, ha sido el único que ha sentido todos esos cambios climáticos que los científicos cuentan, todas las guerras entre países y para no irnos muy lejos, su tala y uso para beneficio humano, y es por eso que puede llevar en su interior tantas experiencias y tanta vida, que puede ser ese ser mágico que nos llene de paz, con su sombra, su olor, su ruidoso silencio.

Un árbol, es en realidad ese esquema de la vida: comienza con sus bases asentadas, las raíces, esas en las que te forman en la infancia; el tronco, que es el desarrollo, la forma en la que dispones tu coraza según tu seguridad, y esas ramas, que son la sociedad a la que te enfrentas y donde siempre te encuentras. Tendrás que recorrer el laberinto de ramas y al fin contribuir con todos a esa arboleda, como ésta que alimenta el sol y que nos alimenta a nosotros.

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